01 de Noviembre, 2019

No han sido fáciles los momentos que hemos vivido los chilenos y chilenas en las últimas dos semanas; hemos visto o experimentado: violencia, incapacidades, desencuentros, insensibilidades, sufrimiento, pero también un necesario proceso de transparencia y de denuncia de las injusticias sociales que era necesario visibilizar masivamente.

Sin dudas que la forma no ha sido la mejor, y en ello ha habido una falta de todos nosotros en diferentes grados por nuestros silencios e inactividades, pero en especial, de los canales institucionales, políticos y comunicacionales que no fueron capaces de detectar la profundidad de las demandas sociales, acogerlas y atenderlas.

Hoy estamos viendo que se podían hacer más esfuerzos a partir de la legalidad y de los recursos existentes, pero esa falta de solidaridad, de ponerse en el lugar del otro en especial del que tiene menos, nos llevó a la crisis social que estamos viviendo, que, de resolverse bien, dará lugar a un Chile mejor.

Si bien todavía no se abordan los grandes cambios que los chilenos deseamos para una sociedad más justa y que estamos pasando por momentos estresantes que han afectado a las familias y en especial a los niños y niñas que no comprenden cómo cambió su mundo de estabilidades, también es cierto que los aspectos positivos que nos han caracterizado en los momentos de crisis han empezado a surgir y ello da esperanzas.

Son muchas las iniciativas ciudadanas que nos están mostrando que debajo de esa aparente pasividad que observábamos, había una riqueza humana dormida que es la que nos va a permitir avanzar y construir.

Las muestras de generosidad y solidaridad que se observan son muchas: la capacidad -al parecer infinita- de grupos que limpian las ciudades y ayudan a otros que han perdido sus casas o lugares de trabajo a levantarse; los artistas que han sacado su arte a la calle para llevar la belleza y el mensaje sensible al espíritu de todos; las marchas pacíficas donde se han reunido incluso grupos tradicionalmente confrontacionales -como las barras deportivas- para abogar por una sola causa; la creación de espacios reales y virtuales para ayudar al intercambio o acopio de elementos que pueden ser útiles a quienes perdieron sus emprendimientos o herramientas de trabajo; la organización particular de vehículos para ayudar a movilizar a los vecinos para ir a sus trabajos; el rescate de bibliotecas arrasadas; en fin, suman y siguen las iniciativas ciudadanas.

En todo ello, especial mención habría que hacer a los cabildos que se han auto organizado en todo el país en lugares tradicionales y en espacios nuevos, como los clubes deportivos. Este clamor ciudadano por expresar sus necesidades, prioridades e ideas es particularmente importante, debiéndose cuidar la forma de sistematizar y canalizar estos aportes en función a que lleguen a su destino: aportar a las políticas públicas y/o a una nueva Constitución.

Y en todo ello, nosotros los educadores debemos tomar un rol importante con la sociedad entera y con nuestros escolares y jóvenes. No debe dejarse de lado la discusión de las comunidades y de nosotros mismos, sobre el tipo de educación que debemos favorecer en función a la formación de las nuevas generaciones en este Chile de hoy. El individualismo, la competencia, la indiferencia, el exitismo, la no pertenencia no deben volver a ser parte de los entornos formativos, que es lo que ha llevado a ciertos grupos -entre otros aspectos que inciden-, a ser indolentes frente a los derechos de otros, los bienes públicos y privados, y a nuestros objetivos comunes.

Chile ha cambiado en algunos aspectos en este corto tiempo, pero para construir el país que deseamos se requiere formar ciudadanos con toda la plenitud que ello implica, y eso, es un largo camino que recorrer, a lo cual no aporta mucho la educación que tenemos centrada sólo en lo académico, en la competencia, dejando de lado la formación en Derechos, en el diálogo, en el respeto a la diversidad, y en profundas prácticas democráticas.

A los chilenos y chilenas nos ha costado siempre reconstruirnos después de nuestras tragedias y ahora tenemos una nueva situación que la podemos convertir en oportunidad, quizás la más grande a pesar de lo dolorosa que ha sido, de levantar un país mejor. Aprovechemos este momento histórico, que la solidaridad, la justicia, la empatía y las buenas ideas surjan; Chile puede hacerlo, lo muestra su historia, y por ello y porque creo conocer en algo como educadora el alma profunda de mis compatriotas, es que me da esperanza mi país.